Jaén, la capital del Santo Reino

Jaén, la capital del Santo Reino
Vista de la ciudad de Jaén

Desde la carretera que baja a Granada, Jaén aparece entre un tapiz de ordenados olivos, como una ciudad recuperada de una fábula. Sobre su casería, que rodea la gigantesca catedral, se encarama un castillo moro, y tras él, un cíngulo de sierras que lo aprisionan..

Hasta hace poco tiempo, el problema de Jaén era el de un cierto complejo. Cercada por dos ciudades tan abrumadoras como Córdoba y Granada, había vivido de alguna manera bajo su sombra. Su nombre significa en lengua árabe «tierra de paso», de modo que muy pocos cronistas han dedicado unas líneas a este lugar de encrucijadas y caminos. Incluso en el ámbito provincial ha tenido que esforzarse para encontrar un hueco entre la belleza de vecinas como Úbeda y Baeza.

Pero todo eso se acabó. Nadie sabe cuándo ni como, pero un día la ciudad debió despertarse y dando un puñetazo en los lomos de los cerros que la abrazan debió también decir: «Hasta aquí hemos llegado». Así decidió dar la espalda a esa digamos falta de autoestima. Se deshizo de corsés y ataduras, y como una dama rejuvenecida y algo casquivana, empezó a mostrar su encanto y desconocida belleza.

Castillo de Santa Catalina, actualmente parador de turismo

La historia nos cuenta que el rey Alhamar entregó la fortaleza a Fernando III el Santo en 1246. Desde cualquier rincón es visible la torre del homenaje, cúbica, poderosa y embadurnada por los sacrificios y la guerra. A su lado se levantan otras torres que cierran un patio de armas irregular y diáfano, allanado en la corona de un cerro caprichoso y ocupado en la actualidad por un centro de interpretación turística.

Los caminos que circunda el bastión, que fue consagrado a Santa Catalina, obsequian al caminante con una de las vistas más hermosas de la provincia. Nada se interpone en el horizonte: a lo lejos, hacia el norte, se divisan las montañas azuladas de Sierra Morena; más acá, los campos de olivos, el valle medio del Guadalquivir y los pueblos de La Loma y La Campiña.

Palacio del condestable Iranzo. Salón mudéjar

El cerro cae con violencia, creando un escenario desmandado. Los barios viejos de La Magdalena, San Juan y La Merced conservan la tipología urbana de la época árabe. Sus calles estrechas y sinuosas descienden hasta plazas mínimas, donde se levantan iglesias y palacios señoriales. En La Magdalena, frente a su iglesia, está el raudal que en otros tiempos sació la sed de la vecindad. Aquí se cuenta la leyenda de aquel lagarto que atemorizó al Jaén medieval hasta que un valeroso muchacho lo venció, haciéndole tragar un carnero con explosivos dentro.

Las calles que bajan de la plazuela de La Magdalena llevan al antiguo hospital San Juan de Dios, convertido hoy en centro cultural y social. Muy cerca queda el palacio de Villardompardo, levantado en el siglo XVI, que alberga los museos de Arte Näif. En sus sótanos se halan los Baños Árabes, conservados como en ninguna otra parte de al-Andalus. Las salas fría, templada y caliente fueron concienzudamente restauradas por el arquitecto Luis Berges, que fue galardonado en 1984 con el premio Europa Nostra por su trabajo.

Baños Árabes

Pasado San Juan, y una vez atravesado el arco de San Lorenzo y la calle Maestra con su aire decadente y decomonónico, aguarda la plaza de Santa María y la catedral. En este espacio rectangular, las perspectivas se crean como en ningún otro sitio. El Obispado y el Ayuntamiento, dos edificios sin mucho mérito, abrigan el templo en un ademán de asombro y docilidad.

Jaén puede alardear aquí de uno de los patrimonios renacentistas más esclarecedores de Andalucía. Diría más: el templo mayor está inscrito en el catálogo de las obras cumbres del estilo en Europa. Erigido entre los siglos XV y XVII, ocupó el solar de la desahuciada mezquita alhama o principal. En sus obras trabajó el arquitecto Andrés de Vandelvira, al que se debe la Sala Capitular, la Sacristía, el Panteón de Canónigos y los proyectos estéticos de todo el monumento, incluida la fachada y sus dos altivos campanarios.

Catedral. Nave y altar mayor

La catedral emana un orden, una disciplina, un respeto por el espacio pocas veces visto en un templo cristiano. Por dentro es aún más bella que por fuera; la luz de la mañana y la tarde ensalzan las proporciones de las bóvedas, los capiteles y sus labradas columnas. Algunas de las 17 capillas que se esparcen en torno a la nave son renacentistas, pero también las hay de inspiración barroca y neoclásica.

Jaén cae en permanente cuesta. A espaldas de la catedral se extiende la plaza de San Francisco, enmarcada por un soberbio palacio que hoy es sede de la Diputación Provincial. La calle Bernabé Soriano desciende hasta la plaza de la Constitución: la Carrera, como popularmente se la conoce, está bordada de edificios modernistas e historicistas, levantados a principios del siglo XX. Una maraña de calles trepa hasta la plaza de San Ildefonso. La iglesia del mismo nombre, rodeada de tabernas y comercios del siglo pasado, disimula como puede el paso cruel de los siglos. Fue erigida según los postulados del gótico sureño, pero otros arquitectos y artistas dejarían en ella su acento y sus pasiones, como demuestra la disparidad estilística de la decoración.

El origen del templo está ligado a la primitiva capilla de San Ildefonso: según la historia, la Virgen de la Capilla, patrona de la ciudad, descendió al santo lugar durante una epidemia de peste. Gracias a esa aparición, la enfermedad cesó y la ciudad agrícola de entonces volvió a recobrar sus días felices.

Interior de la Basílica de San Ildefonso

Tras el presbiterio de la iglesia se alza el oratorio barroco donde se venera la pequeña talla de la Virgen, que procesiona por el barrio la segunda semana de junio. En el convento de las Bernardas, que está al lado, las monjas venden cada mañana dulces y pasteles salidos de un viejo obrador.

Convento de las Bernardas

Enfrente aparece La Alameda, el más bello de los parques de la ciudad. Sombreado por árboles de altas copas, perfumado por mil flores, también es el mejor mirador de la ciudad baja. Desde sus terrazas, el visitante otea la catedral y el castillo, enmarcado por la rugosidad pétrea de la sierra de Jabalcuz, y se pregunta cómo pudo Jaén permanecer tan eclipsada.

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